El Real Club Deportivo de La Coruña volvió a donde siempre sintió que pertenecía: la Primera División. Y lo hizo lejos de casa, en Estadio José Zorrilla, como si el destino hubiese querido que el ascenso tuviese épica, distancia y conquista.
El 0-2 ante el Real Valladolid no fue solo un resultado. Fue una liberación colectiva. Un doble golpe firmado por Nsongo que no solo derribó al rival, sino también ocho años de caídas, dudas y reconstrucción.
Porque este ascenso no se explica en 90 minutos. Se empezó a escribir en los días más oscuros, cuando el Dépor vagaba por categorías que no le correspondían, cargando con una historia demasiado grande para esos campos. Fueron años de cicatrices: descensos, deudas, incertidumbre… y una afición que nunca soltó la mano.
Ayer, todo eso explotó.
El equipo de Antonio Hidalgo entendió el partido como lo que era: una final sin vuelta atrás. Serio, compacto, sin adornos innecesarios. Supo sufrir cuando tocaba y golpear cuando se abría la puerta. Y cuando Nsongo apareció, lo hizo como lo hacen los nombres que quedan: en el momento justo, en el lugar exacto.
Pero si hubo un protagonista silencioso, fue el deportivismo. Más de mil almas desplazadas, miles más pegadas a una radio, a una pantalla, a un recuerdo. En A Coruña no se vio el partido: se vivió. Porque cuando el Dépor pelea por subir, la ciudad entera late al mismo ritmo.
El pitido final no fue un final. Fue un comienzo. Jugadores abrazados, lágrimas sin filtro, miradas al cielo. Y en la distancia, una ciudad entera desbordada, volviendo a sentirse grande.
Han pasado ocho años. 309 partidos. Demasiado tiempo para un club campeón de Liga, demasiado tiempo para una afición que nunca dejó de creer.
El Dépor no solo asciende.
El Dépor regresa.
Y con él, vuelve una parte del fútbol que nunca debió marcharse.
Artículo de David Expósito.













